Celebración eucarística: Domingos a las 11:00h - ¿cómo llegar?

De mi propia pluma (III)

Lc, 14; 25-27: ¿Hasta cuándo vas a seguir exigiéndome, Señor?

En este texto volvemos a encontrarnos con un mensaje en apariencia contradictorio: Jesús, que es todo amor, nos exige que odiemos. Que odiemos a nuestro padre, a nuestra madre, a nuestra mujer, a nuestros hijos… y que le sigamos a él. Es cierto que los exégetas aclaran que la expresión “odiar” no es tal en este texto: es un giro léxico de las lenguas semíticas que viene a decir que debemos amarle más a él, a Jesús, que a los demás. Parece ser que en la lengua de Jesús no existía el verbo “preferir” o la expresión “amar más”, de tal manera que se decía “te odio a ti y le amo a él” para decir: “le quiero más a él”.

En cualquier caso, la impresión que nos causa este texto es de rechazo. Dios nos está pidiendo demasiado. No nos damos cuenta de que Dios no nos pide más que lo que haríamos por conseguir cualquier cosa que valiera realmente la pena. Un deportista, por ejemplo, emplea toda su vida, sacrifica estudios, tiempo libre e incluso posibilidades de llevar adelante una vida sentimental feliz con el objetivo de conseguir ser el mejor. Tiene claro que el deporte lo es todo. Si eso lo hace alguien concienciado con su vocación ¿qué no debemos hacer los que decimos que amamos realmente a Dios? El nos pide todo, no porque se haya vuelto loco, sino porque seguirle a él merece la pena. . Y porque sabe que si consideramos cualquier otra cosa como lo más importante, esa cosa nos va a esclavizar. Mirad, si no la cantidad de gente que ha empeñado su vida en algo y ha resultado decepcionada: el deportista que se quedó a mitad de camino, la madre que lo sacrificó todo por sus hijos y al final de su vida está sola, el rico que solo piensa en el dinero y tiene una vida sin relaciones sociales. Pero Dios nos da vida, decimos, y vida en abundancia.

¿Qué significa eso? Significa que si yo le entrego todo lo que me importa y le digo que él es más importante él no me lo va a quitar si es que es algo bueno para mí. Muchas veces decimos: “¿Cómo puede pedirme dejar de amar a mi familia?” No es eso, él en realidad lo que quiere es dar a ese amor la importancia justa. Si yo amo primero a Dios, todos los demás amores estarán relativizados y los veré de otra manera. Lo curioso es que, cuando eso sucede, es Dios mismo el que, no solo no me aparta de las personas que quiero, sino que me da un mandato claro: “Ahora que me has demostrado que quieres amarme de verdad puedes amar con libertad a los demás. Ve y ámalos como yo te he amado”.

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